jueves, noviembre 22, 2012

Nostalgia


El amor tiene su propio lenguaje, metáforas inherentes al acto del irrenunciable  amor.
Los actos de amor son dedos que usan como tinta la humedad que emana de la piel sobre la que delinean – pintan, deletrean , narran - su deseo, su pasado , su futuro;  son lenguas de fuego que danzan incansables avivadas por el fuego que nace entraña adentro, son cabellos sacudidos por vientos intangibles.
Los amantes, que nada tienen sino su desesperado amor, sobreviven a la soledad, al abismo de la noche,  a la furia de la tierra embravecida aferrados al destino de su delirio amoroso, a sus cuerpos iluminados  por la luna roja  que se refleja en sus pupilas y al beso que los rescata de la muerte.

Porque finalmente, frente a la inmensidad del espacio que oscilante los acercaba y los alejaba (cuántas veces caminaron por la misma calle sin toparse, o  entró él a un café  unos cuantos minutos después de que ella saliera);  ante la intangibilidad del tiempo,  ese discurrir  inexorable y misterioso del tiempo (desde su fecha de nacimiento, desde el momento en que cada uno arribó exacto a la ciudad donde se encontrarían,   hasta el instante justo en que él y ella atravesaron las calles de esa misma ciudad  para encontrarse).  Tiempo que fue necesario que pasara para que los amantes llegaran exactos a su cita –  en el inesperado  rincón de una ciudad tan improbable como prevista . Ellos, los amantes, sólo tienen una verdad, una sola certeza que les rescata del ancho mundo, mundo lleno de oscuridad la mitad del tiempo:  la espera, su espera  ha terminado, el destino ha cumplido. Saben, mirándose mutuamente,  lo que ahora está en juego.

Es el descubrimiento de la pasión de uno por el otro lo que da sentido a los días, las horas, las noches, la lluvia, la obscuridad, los sueños -sus sueños-  , los cuerpos -sus cuerpos. Es la pasión amorosa lo que hace sagrado cada rincón de esa ciudad antes extraña, porque ahí, en ese preciso lugar – un café solitario en una esquina -   el primer beso;  allá – junto a la puerta de su casa, la de ella-  el interminable abrazo; en aquella pared su imagen recortada de la finitud de la ciudad ; en ese sillón la blusa que terminaría siendo inútil;  en aquella  habitación, el cuerpo  de ella tiritando en fuego.
 Es su amor el único testigo de su existencia, el bálsamo en medio de sus  dolores, el hilo que ha tejido – no, ellos no lo saben- desde el inicio del tiempo,  la trama donde se unen paisajes inimaginados, palabras enamoradas, rebanadas de pan,  el café de la esquina, la casa ( invisible durante años) ,con su puerta,  una sala donde hay un sillón que sostendrá la blusa que terminará siendo inútil, la esperanza en medio del abismo que como humanos siempre les rodea, la llama que ilumina  su corazón –que ahora es uno -  en sus incontables días y sus infinitas noches.

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